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jueves, 30 de junio de 2022

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

 Tras la muerte de Jesús, dos de sus discípulos iban a un pueblo que se llamaba Emaús a 32 kilómetros de Jerusalén y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y mientras ellos hablaban, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos.

No le reconocieron y Él les preguntó: "¿De qué discutíais entre vosotros?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás respondíó: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe lo que ha ocurrido estos días?".

Jesús les preguntó qué había ocurrido. Él les dijo: ¿Qué?. Ellos le contaron lo que había pasado con Jesús, su condena, la cruz, cómo esperaban que Él fuera el Mesías. Algunas mujeres les habían sobresaltado diciendo que se había aparecido.

Jesús les amonestó y  les dijo: "¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.

Cuando llegaban a Emaús, adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le retuvieron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque cae la tarde y el día ya ha declinado". Y Jesús entró a quedarse con ellos.

Se sentaron a la mesa y Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado.

Se dijeron uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?". Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén donde los apóstoles les dijeron que Jesús había resucitado.

Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Durante 32 kilómetros no lo habían reconocido, algo que nos puede pasar a nosotros si no vemos a Jesús en nuestros hermanos.

              




jueves, 16 de junio de 2022

LÁZARO

 Jesús era amigo de una familia de tres hermanos que vivían en un pueblecito cercano a Jerusalén, Betania. Los tres hermanos eran Lázaro, Marta y María, y Jesús solía pasar por su casa donde le trataban con mucho cariño.

Lázaro se puso enfermo, cuando Jesús estaba lejos predicando la Buena Nueva. Sus dos hermanas enviaron a decirle: "Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo". Cuando Jesús se enteró, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.

Después partió hacia Betania. Jesús dijo a sus discípulos que le acompañaban: "Nuestro amigo Lázaro duerme pero voy a despertarle". Le dijeron sus discípulos: "Señor, se duerme, se curará". Creían que hablaba del descanso del sueño.

Entonces Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él". Nadie le había comunicado a Jesús que Lázaro había muerto pero Jesús ya lo sabía.

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba cuatro días muerto y en el sepulcro, Marta, la hermana de Lázaro, le salió al encuentro y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí no habçia muerto mi hermano". Y fue a llamar a su hermana María.

María salió rápidamente a verle. Y le dijo lo mismo que su hermana. Llevaron a Jesús ante el sepulcro de Lázaro. Jesús se echó a llorar. La gente decía: "Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?"

El sepulcro era una cueva y tenía puesta encima una piedra. Jesús dijo: "Quitad la piedra". María le dijo que ya olía, porque llevaba cuatro días muerto. Jesús le respondió: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" Y Jesús rezó.

Jesús gritó con fuerte voz: "¡Lázaro, sal fuera!. Y salió el muerto, atado de pi es y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: "Desatadlo y dejadle andar". Cuando vieron lo que había hecho, muchos creyeron en Jesús.



domingo, 12 de junio de 2022

EVANGELIO PARA ADULTOS

 Jesús dijo también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, y le vinieron a decir que estaba malgastando sus bienes. Lo mandó llamar y le dijo: «¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no continuarás en ese cargo». El administrador se dijo: «¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me despide de mi empleo? Para trabajar la tierra no tengo fuerzas, y pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me quiten el cargo, tenga gente que me reciba en su casa». Llamó uno por uno a los que tenían deudas con su patrón, y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi patrón?» Le contestó: «Cien barriles de aceite». Le dijo el administrador: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta». Después dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto le debes?» Contestó: «Cuatrocientos quintales de trigo». Entonces le dijo: «Toma tu recibo y escribe trescientos». El patrón admiró la manera tan inteligente de actuar de ese administrador que lo estafaba. 

Pues es cierto que los ciudadanos de este mundo sacan más provecho de sus relaciones sociales que los hijos de la luz. Por eso les digo: Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas importantes. Por lo tanto, si ustedes no han sido dignos de confianza en manejar el sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son realmente nuestros? Ningún siervo puede servir a dos patrones, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero."

                                                                                                            Lucas 16, 1-13




Aparentemente Jesús ensalza la habilidad de un administrador infiel. Pero hay que ser cautos y afinar en aquello que viene ensalzado: no es la infidelidad, la corrupción, sino la habilidad, la astucia de aquel administrador avispado. El que es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho. Que viene a decir: todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón.

Y en verdad, ¿quién no se h a quejado alguna vez de cómo va nuestro mundo a tantos niveles? La política, la economía, la paz, la justicia, la familia, los ancianos, los jóvenes, y un largo etcetera en donde ponemos contra las cuerdas a nuestra sociedad bastante inmoralizada y desmoralizada. En todo lo cual no falta razón: se ha perdido el rumbo de muchas cosas, se han abandonado impunemente muchos principios básicos, se ha deshumanizado tanto nuestra Humanidad. Pero caben dos salidas: caer en pesimismos deprimentes (todo es malo y cualquier tiempo pasado fue mejor, que decía el poeta en su elegía), o en optimismos irresponsables (lo importante es cambiar, arrasar, que no quede nada de lo anterior), o más bien, tener una mirada serena sobre el mundo, sobre la vida, sobre el dolor, sobre el amor, sobre tantas cosas que no van, y empezar a arreglarlas en uno mismo. El mundo nuevo, la tierra nueva, empieza por mi casa, por mi propio corazón. Empecemos por lo poco, por lo pequeño, por lo cotidiano, por lo nuestro. No es el gobiernde turno, ni los organismos mundiales de vanguardia, ni el Vaticano, ni los banqueros, ni los periodistas, ni los sindicatos... quienes tienen que dar el pistoletazo de salida. El mundo nuevo empieza más cerca de mi, en mis actitudes, en mis opciones, en mi modo de escuchar, de atender, de proponer, de vivir.

La llamada de Jesús es clara: no podemos tener dos patrones, dos amos. O nos adherimos al diseño de Dios, a su proyecto de Humanidad, de civilización del Amor, o nos apuntamos a la barbarie en la que termina siempre toda pretensión que censura algún aspecto del corazón del hombre. Sin Dios, sin este amo tan especial que nos hace libres, es muy difícil hacer un mundo que sepa a justicia, a limpieza, a paz, a respeto, a libertad, a felicidad. Metamos al Señor en nuestras cosas y en nuestras casas, sin fanatismos pero sin complejos. Porque sólo quien ama de verdad a Dios llega a no despreciar al hombre hermano.

                                                                                              Jesús Sanz Montes