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martes, 10 de noviembre de 2020

ZEBEDEO Y SALOMÉ

Aquella tarde, después del trabajo, Zebedeo -¡qué nombre tan bonito!, significa "don de Dios"- regresaba solo a casa, y no como siempre, acompañado de sus hijos Santiago y Juan. En su rostro, además, se notaba la preocupación que bullía en su corazón: ¿cómo contarle a Salomé, su esposa, un suceso tan inesperado?



"No esperes a los chicos, Salomé. ¿Sabes? Han decidido dejarlo todo y se han marchado con Jesús de Nazaret". A ella no le extrañó, su corazón de madre lo intuía.

"¿Recuerdas qué impactado vino Juan después de su encuentro con Jesús en el Jordán?", comentaba Salomé. Cuántas veces desde entonces nos ha repetido "Hemos encontrado al Mesías, a Cristo", añadía Zebedeo. "Normal, por lo tanto, que también Santiago quiera conocerle y se vaya con él".

A Zebedeo se le aumentó el trabajo de la pesca con la marcha de sus hijos. Le faltaban aquellos brazos, no de jornaleros, sino de familia. De vez en cuando, la alegría inundaba el hogar familiar: Juan y Santiago acompañados de Jesús y de sus compañeros se acercaban a visitarles.


Después de la muerte de Zebedeo -debió ser bastante pronto- Salomé optó también por acompañar a Jesús uniéndose a un grupo de mujeres que le seguían. Al mismo tiempo podía estar cerca de sus  hijos que, sin duda alguna, compartían con ella tantas y tantas enseñanzas que Jesús confiaba de manera especial al grupo de los doce apóstoles.

A partir de la muerte de Jesús y hasta su muerte, Salomé acompañó a María.

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